Enzo Valenti Ferro, musicólogo argentino, director
del excelente periódico Buenos Aires Musical, acaba de responder a una encuesta acerca de la crítica, con una opinión
tajante, que si bien define su criterio sin equívoco posible, no deja de afianzarse en un punto de vista peligroso:
En un tiempo creí en la crítica objetiva (dice). Pero la experiencia me ha hecho cambiar de
opinión. Sostengo que la crítica no puede ser objetiva. Aún más: debe ser profunda, valiente y apasionadamente
subjetiva. Yo no puedo juzgar con frialdad las expresiones artísticas que me apasionan, ni las seudo obras de arte
que abomino. Servir con fervor o intransigencia, debe ser el deber de la crítica.
Bien. Pero en ese caso, el crítico se convierte en polemista, al servicio de tal o cual estética -de tal o cual escuela,
de modo de considerar el problema de la creación musical. Ya se sabe que toda crítica tiende a ser más o menos
subjetiva, ya que se basa, fundamentalmente, en una opinión personal. Nadie se presta de buenas ganas a alabar
lo que detesta, lo que choca con su sensibilidad, lo que parece sencillamente desagradable. Pero debe
recordarse también que al subjetivismo crítico debemos algunas de las más grandes injusticias cometidas, desde
hace siglos, con muchas obras de arte que se revelaron, en el correr del tiempo, como creacines capitales. No hay
por qué citar los ejemplos de juicios erróneos acerca de la Novena sinfonía, de la obra de Wagner, de Debussy y Stravinski,
que se constituyeron en triste antología... Pero... ¿y si se admite, por otra parte, que el objetivismo del crítico
sólo puede ser muy relativo?
Para hacer menos relativo ese objetivismo, está el razonamiento. Por muy poco que una obra nueva guste a un crítico,
si se trata de un crítico dotado de los necesarios conocimientos técnicos, no puede dejar de advertir que la
obra opuesta a su sensibilidad está bien construida, responde a las exigencias formales de la composición, y tiene
una importancia determinada dentro del desarrollo de una escuela, un movimiento, o una estética. Puede usted
aborrecer el atonalismo; pero, a menos de estar cegado por la pasión, si algo sabe del desenvolvimiento de la música
contemporánea, debe admitir que los sistemas de la escuela vienesa responden a un concepto muy claro del oficio,
y que si ejercen, en estos momentos, una influencia decisiva sobre numerosos sectores de músicos, esto no se debe a un
mero azar. Puede usted sentir la mayor antipatía por la obra de Berlioz; pero no puede negar que el autor
del a Sinfonía fantástica hizo cristalizar un cierto tipo de expresión romántica, y se adelantó, en cerca de
un siglo, a la técnica instrumental de su tiempo. ¿Esto, acaso, carece de importancia?... ¿No obliga al crítico
más "apasionado" a enfocar la cuestión con cierto objetivismo?...
Hay, por lo demás, un método de pies en tierra -de Perogrullo, diría yo-, que permite orientar certeramente el criterio
cuando se cumple con menesteres de crítico. Consiste simplemente en preguntarse si algo distinto sucedería en el mundo
de la música, en caso de que la obra escuchada no hubiese sido compuesta. ¿Podría usted prescindir de Bach y de Mozart?
No, ciertamente. Luego, fueron compositores esenciales, y, por lo tanto, indispensables. ¡Podría usted prescindir de Wagner, de
Debussy, de Stravinski? No. Porque si estos músicos no hubieran nacido, la música actual sería distinta de lo que es.
En cambio: ¿podría usted prescindir de Spohr, de Saint-Saëns, de Caplet? ¿y también de los "modernistas"
de los años 20: Leo Ornstein, Selim Palmgreen, Roland Manuel, Alois Haba? Sí. Luego sus obras no presentaban
una utilidad de orden estético, en nuestra época. El sistema es tan válido en el presente como en el pasado:
puede aplicarse a autores o a obras aisladas. Y nos da, siempre, en todo caso, una plataforma de objetividad,
donde situar nuestro gusto particular, evitándose que éste se haga demasiado polémico. Me parece e´sta la más
justa posición del crítico musical ante la obra ejectudada.
El Nacional, Caracas, 9 de junio de 1954.