DE MÉXICO: La verdadera función de la
crítica musical es la guía y orientación del público para el conocimiento y disfrute de la música.
Cualquier intento de juicio con carácter pontifical o permanente sobrepasa sus límites y la emisión
de censuras o elogios basados en el gusto personal, debe considerarse como una verdadera usurpación
de funciones. El más grave problema que deriva de la naturaleza de la función de la crítica, es la
estricta necesidad de cumplir con dos requisitos elementales, que tal vez nunca se han dado en la
historia, juntos, en una sola persona: la imparcialidad y el conocimiento. La integridad ha
conseguido a veces que personas con sabiduría pero parciales, o imparciales pero ignorantes, se
abstengan de erigirse en jueces públicos de las actividades profesionales de compositores e
intérpretes, pero, por desgracia, la norma histórica se inclina en el sentido de la formación de
críticos que son parciales, ignorantes o ambas cosas.
Hasta este momento, los críticos han representado la voz personalizada de la ignorancia y la
frustración, al margen de opiniones públicas emitidas en órganos periodísticos profesionales por
artistas que van desde el fundador del periodismo musical, el compositor Reichardt (1753-1814), hasta
la más avanzada vanguardia de compositores, pasando por Schumann, Berlioz, Tchaikovski, Mahler, Busoni,
Bartok y Stravinsky. Pero es radicalmente diversa la posición del compositor o el artista profesional
que puede expresar sus puntos de vista a través de algún medio de difusión a la del aficionado que dice
sus opiniones acerca de los profesionales o de quien ha hecho de la crítica un modus vivendi ante la
evidente incapacidad de alcanzar el nivel profesional en el arte.
La disyuntiva que parece no tener solución en la crítica musical es el doble obstáculo del conocimiento
y la imparcialidad, que tan negativamente se intersectan en el caso usual del crítico. El punto más
grave se refiere a la falta de información musical en el crítico, puesto que, generalmente, la muy
ardua disciplina requerida para manejar profesionalmente las instituciones musicales no está al alcance
de quien prefiere el camino fácil de alabar o denostar a otros en vez de manejar directamente el arte
musical.
Yo no he conocido todavía crítico alguno que tenga conocimiento verdadero de la música. Algunos,
víctimas del espejismo producido por haber tomado algunas lecciones de música (usualmente de piano),
ante la deslumbrante ignorancia de muchos de sus colegas, creen conocer algo del mundo profesional del
arte, pero aun ellos – tal vez ellos sobre todo – representan un estrato de verdadera ignorancia
técnica y muy escasa información. Cualquiera de esa clase menciona con alguna petulancia el sistema
estético de leit-motiv de Wagner, pero ninguno es capaz de explicar qué hacía Wagner con su armonía,
cómo formaba sus acordes y los enlaces de los mismos y de qué manera manejaba el plan tonal de sus
obras. Y esto simplemente se refiere a un análisis armónico descriptivo y elemental que no llega más
allá de ubicar los procedimientos wagnerianos y compararlos con las instituciones anteriores y las que
se desarrollaron a partir de ellos. Algo más profundo les resultaría totalmente inconcebible. ¿Cómo,
entonces, puede alguien emitir opiniones sobre un campo que desconoce casi por completo?
Supongamos que nos hallamos con un hombre que sabe de veras. ¿Cómo se librará de sus problemas
emotivos, predilecciones particulares y emitir un juicio imparcial?
¿Cómo se liberará de su propio marco ideológico? Si Brahms no pudo, ni tampoco pudieron almas tan
rectas, eruditas y valerosas como las de Berlioz, Schumann, Tchaikovski y Stravinsky, ¿se puede
garantizar que alguien de mucho menor calibre alcanzará la ecuanimidad del que tiene que juzgar?.
Tendría que ser juez profesional, totalmente alejado de los intereses de las partes, situación muy
posible en el derecho penal pero no necesariamente alcanzable o siquiera factible en el mundo del
arte musical, donde todo aficionado, por el solo hecho de serlo, está cargado de intereses particulares
y personales.
¿Hay entonces alguna esperanza? ¿Debemos renunciar al empleo de la crítica musical? Tal vez un
principio de solución estaría en implantar una verdadera especialización profesional en el campo,
para que personas con vocación, estudios y conocimientos supieran la función que ahora detentan muchos
frustrados, impreparados e ignorantes. Ello siempre y cuando estos hipotéticos profesionales tuvieran
la clara visión del recto ejercicio de la función social del crítico, que es la de orientar y que
constituye la única justificación de su existencia. Quizá de tal modo se pudiera evitar la creación
de las corruptas estructuras de poder personal levantadas por el acceso a los medios de comunicación
de ignorantes que se erigen en sátrapas periodísticos fundamentados en el temor a las censuras o el
amor a los elogios de sus víctimas en potencia: los artistas activos, cuyo compromiso con la música no
les deja tiempo para cortejar o combatir críticos. Puede ser que algunos estudiosos de la historia de
la música, si hubiera una vocación profesional y voluntad de servicio social, pudieran alcanzar el
delicadísimo equilibrio que pide la crítica musical. Aún en este caso, queda en pie la pregunta
diabólica, ¿cómo balancearán su espíritu para no ser pasto de la corrupción?
Tal vez el problema no puede solucionarse, como no se puede resolver el problema del delito en la
sociedad contemporánea.