daniel maggiolo
 

LA MÚSICA ELECTROACÚSTICA
EN CONCIERTO (*)


Todo concierto de música "culta" tiene algo -¿mucho?- de ritual. Los músicos de la orquesta vestidos con rigor (generalmente de negro - ¿fetichismo?); el concertino entra después que los demás músicos de la orquesta; el director entra al final -eventualmente con el/la solista-, saluda al concertino (¿por qué no al otro del violín o al del fagot?) y el aplauso es obligado, aún cuando todavía no podamos saber si va a dirigir bien. Posiblemente también el público esté vestido "para la ocasión", y deba guardar extremo silencio (como en un partido de tenis), en el que molestan los que comen caramelos o tosen de aburrimiento. Aplausos sólo al final de cada obra, no importa si uno tiene ganas de aplaudir en otro momento; aplaudir entre dos movimientos de una sinfonía sería considerado como un signo de dudosa cultura musical.

Durante los aplausos finales, el director -eventualmente el/la solista- entra y sale repetidas veces, sin que nadie sepa muy bien por qué (no obstante, resultaría extraño si se quedara todo el tiempo sobre el escenario). Ah sí, el escenario suele estar en un nivel superior al del público -al menos el de la platea- y no sólo por razones ópticas y/o acústicas - también jerárquicas.

En algunos -no importa si muchos o pocos- conciertos de música "culta" contemporánea se ha intentado roomper con ciertos aspectos rituales del concierto, para comprobar, casi irremediablemente, que hay algo que deja de funcionar. Pero hay un caso extremo: el concierto de música electroacústica.

Si dejamos de lado aquéllos en los que la producción musical electroacústica se hace "en vivo" (posibilidad cada vez mayor debido al avance científico y tecnológico), sobre el escenario no habrá músicos, concertino, director ni solista. En cada uno de sus extremos tan sólo un cubo (curiosa o significativamente "vestidos" por lo general también de oscuro). A lo sumo habrá una persona manejando algún sistema de reproducción sonora (cinta magnética, por lo general; casete, con alguna reticencia; ahora, quizás disco compacto; casi nunca un disco normal). Pero no estará sobre el escenario, y en salas debidamente equipadas hasta podrá estar en una cabina, fuera de nuestra vista. Algo falta. Durante la obra uno no sabe dónde fijar la vista, y muchos optan por cerrar los ojos.

Pero los verdaderos problemas comienzan cuando la obra termina. Porque ¿cómo nos damos cuenta que la obra terminó? Al no haber músicos, falta ese ademán de distensión que hacen para avisar que la obra finalizo.

No obstante, supongamos que uno se da cuenta que la obra terminó. ¿Qué hacer? La convención indica que se debe aplaudir. (No hacerlo podría confundirse con un rechazo a la obra.) Pero ¿a quién aplaudir? ¿A los parlantes? ¿Al sistema de reproducción? ¿A la persona que lo maneja? Uno no logra identificar al verdadero destinatario de los aplausos. El compositor no tiene por qué estar presente, y si lo está no hay por qué reconocerlo.

¿Qué es lo que no funciona? ¿La música electroacústica? ¿El público? ¿El medio, es decir, el concierto? ¿La convención? Posiblemente un poco de todo. Podríamos aventurar que el concierto no es el medio más adecuado para que un público condicionado por las convenciones reciba la música electroacústica. Para empezar a romper la cadena sería necesario que el compositor creara dejando de pensar en el tradicional medio de comunicación musical "concierto".

Al menos por ahora, la radio parecería ser un medio mucho más adecuado apra la difusión de música electroacústica. Claro que ello traería nuevas dificultades, comenzando por la falta de interés por parte de las mismas emisoras. Las necesidades existen; pero también se generan.



(*) Publicado originalmente en:
El Popular
Montevideo, 20 de abril de 1988
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