Ante la difuminación del concepto y/o contenido del análisis musical en algunas tendencias actuales, se propone un replanteamiento de su estatus, poniendo el acento en su carácter práctico en los aspectos interdisciplinarios y en la necesidad de un equilibrio entre "texto" y "contexto" en la práctica analítica.
Hay quien afirma que el análisis musical está en crisis 1. Sin embargo, aparentemente experimenta un auge sin precedentes: no hay más que comprobar el gran número de revistas especializadas dedicadas al tema, a las que habría que añadir las centradas en otros aspectos, pero con un espacio importante dedicado al trabajo analítico, la abundante bibliografía, incrementada cada año, los congresos, simposios, encuentros... Pero a nadie se le oculta que en toda esta exuberancia hay un elemento de alarma: la gran cantidad de escritos acerca del análisis, planteando y replanteando su estatus, límites, objetivos... Esto es un indicio de que lo que está en crisis, más que la práctica analítica, es la propia concepción del análisis.
Estas líneas contribuirán a engrosar ese gran apartado de la metateoría, de un modo quizá poco práctico, pero necesario como reflexión que debe acompañar el trabajo de investigación y enseñanza musicológica que tenemos entre manos.
El análisis musical es una disciplina relativamente reciente 2 que ha experimentado una gran evolución en el siglo XX, acompañada de una enorme proliferación de teorías, métodos, técnicas, en algunos casos complementarias, en otros contrapuestas o simplemente diferentes, que han llegado quizá a difuminar su concepto y/o su contenido.
Ian Bent definía hace poco más de veinte años el análisis musical como "la resolución de una estructura musical en elementos constitutivos relativamente más sencillos, y la búsqueda de las funciones de estos elementos en el interior de esa estructura. En este proceso, la "estructura" puede ser una parte de una obra, una obra entera, un grupo o incluso un repertorio de obras, procedentes de una tradición escrita u oral" (Bent 1980: 340).
En esta definición puede sorprender hoy el establecimiento de la "estructura musical" 3 como objeto del análisis, ya que remite a una concepción estructuralista hoy en parte superada. Sin embargo, a pesar de las asociaciones que la palabra "estructura" puede evocar en nuestra mente, Bent se esfuerza por ampliar ese concepto. En concreto, al establecer como actividad central del análisis la comparación, método que permite determinar los elementos estructurales y descubrir sus funciones, afirma que se trata de un rasgo común a todos los tipos de análisis musical -estilístico, formal, funcional, derivado de la teoría de la recepción, schenkeriano, semiológico, etc.: una unidad concreta es comparada con otra unidad, ya sea una obra concreta, la comparación entre dos obras, o entre una obra dada y un "modelo" abstracto como la forma sonata o un estilo identificado como tal.
A pesar de todo, esta definición nos resulta hoy insuficiente o parcial, puesto que remite a un concepto de análisis concebido como "disección" y determinación de los elementos de un todo, así como sus relaciones y funciones 4, es decir, es una concepción vinculada a los procedimientos empíricos y formalizados propios de las ciencias. El empleo del término "unidad" es en mi opinión una consecuencia de esa concepción. De hecho, para Bent el proyecto inicial del análisis es de naturaleza empírica. Su punto de partida es fenomenológico, ya que no busca necesariamente establecer relaciones con factores externos. Responde a la pregunta "¿Cómo funciona esto?".
Anthony Pople, al abordar esta definición en su revisión del artículo "Analysis" del propio Bent en la última edición del New Grove Dictionary, afirma que la pregunta inicial "¿Qué es esto?" o "¿Cómo funciona esto?" anticipa otras: "¿Qué significa esto?", "¿Qué es esto para mí? (o para ti, o para nosotros). De este modo se abre el concepto de obra musical a las dimensiones semántica, psicológica y perceptiva, y el objeto del análisis pasa de ser algo estático a convertirse en algo cambiante y fluido (Pople 2001: 18-19).
El propio Bent reconocía que la música presenta un problema, inherente a la misma naturaleza de su materia: no es un objeto tangible y medible. Es necesario determinar el mismo sujeto del análisis musical: la partitura, o al menos la representación sonora que ésta proyecta; la representación sonora existente en el espíritu del compositor en el momento de la composición; una interpretación; o incluso el desarrollo temporal de la experiencia de un oyente. No existe ninguna convención entre analistas según la cual uno de estos sujetos sería más "correcto" que los otros.
A esta pluralidad de sujetos del análisis señalada por Bent habría que añadir hoy alguno más, como el significado externo de una obra musical o su contexto, cultivados por diversas orientaciones de la semiótica, la musicología cognitiva o la hermenéutica.
Si consideramos el trabajo analítico desde una perspectiva amplia (el examen, comprensión, explicación y/o interpretación de una realidad determinada, en este caso la música), el principal problema que encontramos es la indeterminación de su propio objeto: la "música" o la "obra musical", concepto problemático, ambiguo y hoy en entredicho. La multiplicidad de puntos de vista respecto a este concepto provoca una multiplicidad de planteamientos analíticos. Algunos de ellos podrían ser los siguientes:
Estas concepciones, sin embargo, no son excluyentes sino complementarias. Aunque sigan aplicándose hoy día métodos analíticos rigurosos y formalizados, como el análisis schenkeriano y neo-schenkeriano o los análisis formalistas (desde el tradicional a los estructurales, la set-theory, etc.), nadie puede prescindir ya de otros aspectos inherentes a la obra musical. De hecho, abundan hoy los métodos de análisis o las prácticas analíticas que intentan abordar el estudio de la música desde diversas perspectivas complementarias. En líneas generales, se podría decir que -al menos desde un punto de vista teórico- existe un rechazo bastante generalizado hacia la concepción "positivista" de la obra musical como algo autónomo y cerrado, tendiendo a considerar la música como "proceso".
En concreto, los años ochenta y noventa del siglo XX se han caracterizado
en líneas generales por un rechazo del "dogmatismo" y formalismo propios de la etapa
estructuralista, buscando una apertura a través de las teorías psicológicas, la
semántica, la hermenéutica, la teoría de la recepción, las corrientes que ponen el
acento en la percepción o la interpretación. Es significativa, en este sentido, la
interpretación realizada por John Rink de la historia del análisis de las Baladas de
Chopin, aplicando el sistema hegeliano:
También Nattiez afirmaba en 1986, refiriéndose a la semiología musical, que en su evolución había seguido el movimiento general de las ciencias humanas: en un principio preocupada por las estructuras, después las sobrepasa por el lado poiético y esthésico, así como la lingüística ha evolucionado de la fonología a la semántica para caer en el pragmatismo; y de la misma manera que han fracasado las exigencias formalistas puras y duras -J.P. Aron habla de "era de la glaciación" (1984)-, se va hacia un nuevo equilibrio entre lo formal y la hermenéutica (Nattiez 1986). El propio Nattiez, en una obra más reciente, rechaza la idea de un único análisis verdadero (1990).
En la misma línea, numerosos trabajos analíticos utilizan métodos y procedimientos diversificados para abordar el estudio de una obra o un corpus musical con vistas a comprenderlos desde distintos ángulos, con la certeza de que "cada interpretación ilumina un aspecto particular [...] pero ninguno tiene el monopolio de la verdad" (Cook 1987). Así, Kofi Agawu aborda el estudio de la música del Clasicismo desde una perspectiva semiológica neoestructural uniendo teoría, análisis formal y schenkeriano, el concepto semiótico de tópico, el análisis estilístico de Rosen, sin olvidar el aspecto de la percepción, que no es estática, ya que "así como la tarea central del compositor es llegar a su audiencia, el problema central del análisis es descubrir las dimensiones de este proceso comunicativo" (Agawu 1991). Lawrence Ferrara, por su parte, va más allá elaborando un programa de análisis ecléctico 6 en el que utiliza los métodos que él denomina fenomenológicos (que describen el sonido-en-el-tiempo), convencionales (que describen la forma musical o sintaxis) y hermenéuticos (que describen los significados referenciales). Su finalidad es "comprender mejor la interacción dinámica entre los variados niveles de significación musical y proponer un sistema a través del cual se puedan explicar sistemáticamente esos niveles individualmente y en su interacción con cada uno de los otros", ya que cada una de esas aproximaciones analíticas pone el acento en una dimensión aislada de la significación musical a expensas de las demás (Ferrara 1991).
Una de las últimas consecuencias de la extensión y diversificación del objeto del análisis musical es el creciente interés por el contexto, pero no en tanto algo presente en la obra como condición de su existencia, sino como lo que explica o constituye la propia música 7. Jim Samson ha afirmado, en este sentido, que el análisis "puede enfrentarse con el contexto, absorberlo o ser absorbido por él" (Samson 1999: 50-51). La vuelta de tuerca en este ejercicio epistemológico es la equiparación de la práctica analítica con sus resultados: el análisis como interpretación, como una más de las formas de la práctica musical que se dan en la sociedad actual 8. La raíz de algunas de estas concepciones puede estar, como ha señalado Gianfranco Vinay, en la disolución de la objetividad de la obra y de la subjetividad de su autor en la performance, que es uno de los principios centrales del postmodernismo artístico y musical. La interpretación tiene una función actualizante, remodernizadora y necesaria, porque "la música es sonido y existe en el momento en que suena; y en ese momento no puede existir a menos que se interprete". Este principio, absolutizado, intenta restar valor a la construcción sonora y a la dimensión propiamente compositiva de la "música culta", que se convierte en un simple soporte para la interpretación, sobre el modelo de los géneros límites entre escritura y oralidad. El texto sirve justamente para ser deconstruido, para desposeer al autor a favor del intérprete (Vinay 2001).
Deberíamos preguntarnos, ante tal diversidad de concepciones, dónde queda el estatus del análisis musical
Si Schenker consideraba el análisis musical como un arte y los analistas de mediados del siglo XX como una ciencia, actualmente el problema consiste en definir sus objetivos.
En el siglo XX -que podría ser considerado como el siglo del análisis musical-, el análisis cambia de estatus: pasa de ser considerado una herramienta al servicio de la teoría, la composición o la biografía, al rango de disciplina autónoma, de la mano de varias grandes teorías. El organicismo y formalismo decimonónicos, unidos a la gestalt-psicología, conducen en la primera mitad del siglo XX a la búsqueda de la unidad y la coherencia, a través de teorías analíticas centradas en el tematismo (evolución de las teorías fraseológicas melódico-rítmicas), de la mano de autores como Schoenberg o Réti, o de la armonía, cuya propuesta más radical corresponde a Schenker.
A partir de los años cincuenta emerge con fuerza el estructuralismo, que conduce a teorías rigurosas muy formalizadas aplicadas al análisis musical, como la semiología estructural 9, las gramáticas generativas, la teoría matemática de los conjuntos, la estadística o la informática. Según Jean Molino, el verdadero hito en la historia del análisis musical se sitúa precisamente a mediados del siglo XX, momento en el que algunas nuevas condiciones conducen al "triunfo del análisis" (Molino 1995: 37). Algunas de estas condiciones son las siguientes:
Estas condiciones van a provocar una cantidad prodigiosa de escritos analíticos y una enorme variedad de tendencias, la mayoría de ellas caracterizadas por la búsqueda de una rigurosa formalización, típica de la época estructuralista. El análisis musical aspira al rango de ciencia.
Sin embargo, a partir de los años ochenta se produce un rechazo bastante generalizado al "cientifismo" propio de gran parte de las prácticas analíticas, consideradas como un producto de un "positivismo" y "formalismo" trasnochados 10. Para escapar a ese formalismo hay que abrir la obra musical a elementos externos a la obra misma: el significado, la expresión, la interpretación, el contexto cultural. Las nuevas perspectivas de acercamiento analítico a la obra musical no son "autosuficientes", tienen múltiples conexiones con otras disciplinas como la historia, la filosofía, la antropología, la psicología, la neurología, las ciencias cognitivas. Esta es la razón de que Molino afirmara en 1995 que la era del análisis musical había terminado: "no puede existir una epistemología del análisis, porque el análisis no quiere decir nada preciso, ya que por análisis se entiende cualquier método cuyo objeto de estudio es la música. Todo es entonces cuestión de vocabulario y de convención: se puede reservar el término de análisis al estudio de una obra individual o generalizar su sentido. No existe el análisis musical en sí, definible de manera sencilla y clara por sus objetivos y métodos, sino una extraordinaria variedad de prácticas analíticas" (Molino, 1995: 112-118).
La opinión de Molino es muy reveladora de la situación del análisis musical en la actualidad. La diversificación del objeto del análisis y la enorme variedad y complejidad de técnicas analíticas han conducido a relativizar y difuminar su estatus y sus objetivos, que se confunden con los de la historia, la estética, la psicología o la sociología. La últimas derivaciones de la semiótica musical van por la vía de la semántica, la narratología y los estudios cognitivos 11. Otra importante corriente analítica, relacionada igualmente con la lingüística en su origen, aunque también con la hermenéutica y la fenomenología, es la teoría de la recepción, que vincula estrechamente el análisis con la historia de la música, siguiendo una tendencia dominante en los últimos tiempos. Esta teoría surge de hecho como reacción ante la "pérdida de la historia" provocada por las tendencias estructuralistas. Uno de sus máximos representantes en el ámbito musical ha sido Carl Dahlhaus. La teoría de la recepción, poniendo en primer plano el acto de la escucha en la constitución del sentido de la obra de arte, responde a la necesidad de la recuperación de la dimensión de la experiencia estética (Borio y Garda 1989).
Otras corrientes analíticas, menos difundidas, se basan más directamente en la fenomenología, o en la denominada "actitud fenomenológica" -sobre todo en su vertiente husserliana- como una "ciencia de la experiencia" que se ocupa del contacto entre objeto y conciencia: estudia así la percepción dirigida hacia los objetos ("intencionalidad") y se dedica a describir la estructura de esta percepción. El objeto de estudio musical, desde esta perspectiva, no será la partitura 12, sino la experiencia de la música en la conciencia del oyente, que se podría traducir en sonido-en-el-tiempo (Ferrara 1991) o en "tiempo, espacio, movimiento y feeling" (Clifton 1983). La perspectiva fenomenológica abre el análisis a parámetros dejados de lado en los métodos tradicionales, como el factor temporal o el espacial considerados desde el punto de vista de la percepción. Sin embargo, frente a la pretensión de objetividad de los análisis formalizados, la descripción fenomenológica se basa en la experiencia subjetiva del perceptor, algo que puede plantear problemas de cara a su solidez como método.
Más conexiones con la ciencia tiene el análisis perceptivo, un campo muy trabajado en la actualidad desde la vertiente de la psicología cognitiva 13.
Las propuestas más extremas han venido de la mano de la denominada New Musicology, si es que pueden considerarse propuestas a sus postulados. Agawu ha señalado que, siendo un movimiento anti-formalista, la new musicology es incompatible con una práctica -el análisis musical- asociada al formalismo y a la teoría (Agawu 1997: 301). Efectivamente, la disolución del estatus del análisis musical es evidente en los escritos de dicha corriente. Rechazando los conceptos tradicionales de subjetividad y objetividad y la autonomía de la obra musical, y defendiendo la relatividad del conocimiento, incluso del propio conocimiento, la práctica analítica deconstructiva que acompaña profusamente los escritos de la new musicology o el new criticism (cf. especialmente las obras de Kramer 1990, 1995 y 2001 y McClary 1991) es un pretexto para fundamentar un discurso hermenéutico que es pura interpretación subjetiva 14.
Ante esta difuminación, tanto de la historia como del análisis, Leo Treitler ha advertido con acierto que "si no aceptamos el estatus autónomo provisional de la obra musical, corremos el riesgo de reducirla a un símbolo y hacerla transparente para el significado (extramusical) cuya explicación se convertirá en el último propósito del estudio musical; es decir, corremos el riesgo de que desaparezca como objeto estético una vez haya cubierto su papel de significación" (Treitler 1999: 376).
Vivimos en una época antidogmática, plural y ecléctica, y éste es el carácter de las prácticas analíticas actuales vistas en su conjunto. Basta repasar los artículos de las revistas especializadas, los temas de las ponencias de los congresos dedicados al análisis en los últimos años, para detectar las orientaciones dominantes: a pesar de la aparente fuerza -quizá la fuerza de lo novedoso- de algunas teorías, continuamos encontrando una gran abundancia de acercamientos formales y estructurales a la música, incluso a las obras y compositores "canónicos" 15. Se dedica además un amplio espacio al análisis interpretativo, a los diversos niveles de análisis de la recepción, a los acercamientos psicológicos y perceptivos.
Pero lo que quizá destaque más como postura generalizada en el acercamiento a la obra musical es el carácter integrador de las diversas disciplinas cuyo objeto de estudio es la música. Hoy en día están superados tanto el análisis musical como la historia de la música de sesgo positivista. Con la caída del estructuralismo ambas disciplinas se han acercado progresivamente. Los historiadores de la música no pueden prescindir del análisis de la partitura, de los tratados teóricos o del comentario de textos, así como los teóricos o analistas cada vez abogan más por la necesidad de no olvidar la historia en su disciplina, en su búsqueda de claves contextuales y estilísticas.
Palisca, en su artículo "Theory" del New Grove Dictionary afirmaba que "existe actualmente la tendencia a reconocer que la teoría musical 16 no puede dar la espalda a las consideraciones históricas, ya que el análisis de la estructura divorciado de los contextos estilístico, histórico y sociológico falsifica la música que intenta describir. Sólo un ataque multidimensional y plural del objeto musical puede revelar su verdadera naturaleza" (Palisca 1980: 760). Bent, por su parte, señala la mutua dependencia entre la historia y el análisis musical: ambas disciplinas comparten una total comunidad de objetivos y sus métodos de trabajo son absolutamente complementarios (Bent 1987).
Más recientemente, en el XV Congreso de la Sociedad Internacional de Musicología celebrado en 1992, Kofi Agawu presentaba una ponencia sobre el pluralismo metodológico en el análisis musical (Agawu 1993), y Laurence Dreyfus mostraba la inevitabilidad de las consideraciones históricas en cualquier análisis, incluso "inmanente" (Dreyfus 1993). Ya en el terreno práctico, un analista como Leonard B. Meyer, por ejemplo, ha ampliado recientemente su método de "análisis crítico" -dirigido a descubrir los principios que rigen los estilos y las estructuras musicales según las ideas de "expectativa" e "implicación"- elaborando una interpretación más amplia en la que conjuga historia, teoría y análisis (Meyer 1996). También Nattiez ha abogado por una aproximación -necesaria- entre historia y análisis. Según él, el análisis es una construcción y una representación de los datos musicales estudiados. Su objetivo es facilitar su comprensión. Esto es válido para cualquier discurso sobre la música, sea "arqueológico" o no. El problema es saber si esas representaciones analíticas o discursivas nos dan una imagen válida o verídica del modo como funcionan las obras musicales (Nattiez 2001).
Quizá algunos de los mayores avances que se han dado en los últimos años en el ámbito del análisis musical deriven precisamente de ese carácter interdisciplinar, de no considerarlo un fin en sí mismo, sino una herramienta de acercamiento a la obra musical que acompaña a la historia, a la teoría, al acercamiento estético a la música o al trabajo creativo o interpretativo, aunque pueda configurarse como disciplina autónoma con sus reglas y métodos propios. Podemos analizar una obra aislada con la finalidad de demostrar su coherencia, su genialidad, o simplemente conocerla, pero siempre hay detrás unos fines que desbordan el propio análisis: la investigación histórica, la aproximación estética, la necesidad por parte de un compositor de "explicar" su obra, necesidad que suele responder a una determinada coyuntura socio-cultural de un momento histórico o un lugar determinado.
En esta línea, el auténtico test que se debe plantear al análisis musical, o a un procedimiento analítico concreto, no es si funciona desde un punto de vista teórico o tiene carácter o no de ciencia, sino si responde a sus objetivos, si sus resultados son válidos. Contestar a esta pregunta supone situarse en una perspectiva práctica: la cuestión básica que cualquier investigador debe plantearse es qué finalidad tiene su análisis, qué pretende, hacia dónde quiere llegar: "comprender" la obra, explicar cómo funciona, interpretarla, intentar dar razón de qué experimenta cuando la escucha, cómo la ha concebido el compositor, etc. De estas preguntas debería deducir el método. Sigue teniendo, en este sentido, plena validez la afirmación de Cook de que "un análisis musical debe ser leído, informal e imaginativamente, como sucede con una partitura musical; se determina la validez de un análisis en tanto que la lectura de la música analizada resulte satisfactoria. Muy a menudo sucede que interpretaciones analíticas diametralmente opuestas son igualmente valiosas. En tales circunstancias, lo que hace bueno o malo a un análisis no son, obviamente, sus conclusiones como tales, sino el modo en que los detalles musicales sostienen estas conclusiones, y hasta qué punto estas conclusiones clarifican o arrojan luz sobre aquéllos" (Cook 1987).
Hoy parece que todo el mundo está de acuerdo en que no existe un análisis que "agote" el significado de la obra musical, que sea el único válido. Cada perspectiva analítica contribuye a enriquecer la comprensión de la música.
Lo que no podemos admitir es la imposibilidad de acceder a un conocimiento válido de la obra musical, la negación de un cierto estatus autónomo de la música como objeto, lo que anularía totalmente cualquier esfuerzo de explicación, análisis e interpretación, que constituyen la base tanto de la enseñanza como de la investigación. En este sentido, estamos de acuerdo con la apreciación de Treitler: debemos aceptar el estatus autónomo provisional de la obra musical. Si no lo hacemos, nuestro acercamiento a la música nunca podrá ser analítico, ya que el análisis, según la definición que hemos apuntado más arriba, es el examen detallado que se hace de una obra, un escrito o cualquier realidad susceptible de estudio intelectual, así como el resultado de ese examen. Es decir, se trata de una práctica que presupone una realidad susceptible de ser examinada y explicada. Esa realidad no es, o no debería serlo, la partitura o cualquier otra representación gráfica de la música (por ejemplo, un sonograma o un espectrograma), que no es más que una forma simbólica de representación del proceso sonoro. El análisis no puede desentenderse de la escucha analítica, explícita o implícita. Esa escucha puede en algunos casos llevarnos a comprender y explicar mejor una obra musical que el estudio de la partitura 17. En este sentido, el acercamiento a algunos procedimientos analíticos de la etnomusicología por parte de la musicología histórica puede dar muy buenos resultados 18. Sin embargo, es difícil prescindir de la representación gráfica en el trabajo analítico. Nuestra capacidad de análisis auditivo es mucho menor que la de análisis visual, algo que no es probable que cambie, teniendo en cuenta la cultura de la imagen en la que estamos inmersos. En cualquier caso, no debemos perder de vista el valor relativo y simbólico de la notación o la representación gráfica.
Al conllevar el análisis la "comprensión" y "explicación" de una obra musical, o de un conjunto de obras, la práctica analítica no puede prescindir de los aspectos formales y estructurales, que siempre formarán parte del análisis, siquiera en una fase inicial 19. Sin embargo, no podemos ya prescindir de la noción de "obra musical" como algo que se desarrolla en el tiempo, y por tanto cambia, que existe además en cuanto es percibida, ya que la música es un arte sonoro y temporal. No podemos olvidar, en suma, el aspecto perceptivo, la dimensión espacio-temporal o las cuestiones interpretativas. Esta es la razón de que la práctica analítica como tal tienda cada vez más, si realmente quiere dar cuenta de una obra de la forma más completa posible, a recurrir a la historia, la teoría musical, la sociología, la estética..., lo mismo que estas disciplinas deben recurrir al análisis musical. Bent reconocía, en este sentido, la dificultad de definir los límites del análisis, debido a sus estrechas relaciones con la percepción musical, la estética musical, la teoría de la composición, la historia de la música, la crítica o la interpretación (Bent 1987). Aunque el análisis se aplique a una obra musical concreta, no puede nunca desvincularse de su carácter temporal o histórico, por lo tanto, explícita o implícitamente siempre está relacionado con otras realidades que contribuyen a dar sentido a ese análisis.
Esto no significa, sin embargo, que la actividad analítica sea una actividad hermenéutica. Tras el sistema analítico de tipo hermenéutico desarrollado por Kretzschmar 20, muy criticado por Schenker, y el sistema descriptivo antiformalista de Tovey, denostado en la época del estructuralismo, las aproximaciones hermenéuticas por parte del análisis musical han sido escasas hasta época reciente. En los años setenta la aproximación analítica de Tovey fue revalorizada por algunas figuras aisladas como Joseph Kerman, que propugnaba una musicología que reuniera la objetividad del historiador y la experiencia personal del crítico, o Charles Rosen. También Dahlhaus llevó a cabo una clasificación del análisis musical propiamente dicho en tres categorías: "análisis formal", "interpretación energética" y "análisis gestaltista", a las que añadió una cuarta: la "hermenéutica", como interpretación de la música en términos de estados emocionales y significaciones externas.
Ciertamente, la consideración de la obra como "texto" abrió pronto el camino a la investigación sobre el "significado". Como afirmaba Tarasti en la exposición de su teoría semiótica basada en la narratología greimasiana, el problema crucial en toda investigación músico-semiótica es cómo conectar el nivel del contenido con el nivel de la expresión, cómo relacionar conceptos y significados musicales con los rasgos sintácticos de la música (Tarasti 1994). La indagación sobre la semántica del signo musical ha propiciado una gran cantidad de teorías, muchas de las cuales se mueven en un compromiso entre el formalismo y la hermenéutica. Ya hemos hecho referencia a este compromiso en los ensayos de Agawu (1991) o Ferrara (1991). Pero en ambos casos sus autores deben conciliar los procedimientos formalistas de carácter "sintáctico" con los métodos de la historia, la teoría o la filosofía fenomenológica, más ligados a la hermenéutica. Aunque una simple descripción verbal de la experiencia musical pueda ser un punto de partida práctico para un análisis, si se pretende que el análisis sea algo más que una "mera descripción" es necesario recurrir a teorías explicativas e interpretativas.
En una época dominada por el relativismo y el contexto, el tipo de aproximación hermenéutica de los estudios de la new musicology y el new criticism puede provocar la disolución del análisis musical en un ejercicio narrativo o interpretativo, como un nuevo tipo de performance.
En contrapartida, la descentralización del conocimiento, la multiplicidad de perspectivas, tiene aspectos positivos que debemos aprovechar. Entre ellos podríamos destacar el enriquecimiento mutuo de diversas tendencias (por ejemplo, la etnomusicología y la musicología histórica), el aumento del interés por las músicas no canonizadas (una de las consecuencias más positivas del rechazo del concepto idealista de "obra" y "autor" es el acercamiento a géneros, tipos de música o contextos musicales considerados tradicionalmente como menores), una nueva valoración del sonido y el contexto. Estos aspectos pueden y deben renovar nuestro trabajo musicológico y analítico.
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