Que venga otra canción, por Jorge Damseaux - Escuela Universitaria de Música

 

Que venga otra canción1

Concierto final del Taller de Análisis y Composiciones de Canciones dictado por Alejandro Barbot

 

El jueves 21 de noviembre se realizó el concierto final del Taller de Análisis y Composición de Canciones dictado por el Prof. Alejandro Barbot, oportunidad en la que se presentaron algunas de las canciones creadas en el marco del homónimo proyecto de extensión universitaria de la Escuela Universitaria de Música, con la participación de estudiantes de distintas unidades de la UdelaR.2

Una breve reseña acerca del proyecto: TACC es una asignatura electiva dictada en la Escuela Universitaria de Música por Alejandro Barbot, que en esta última edición se transformó en un proyecto de extensión que procuró (y vaya si obtuvo) la participación e integración de estudiantes de distintos orígenes. Más de sesenta inscriptos y alrededor de cuarenta y cinco preseleccionados dan cuenta del éxito de la iniciativa. Finalmente, una veintena de estudiantes de diferentes casas de estudio se organizó en dos grupos que llegaron con propuestas luminosas a la muestra final.

El concierto comenzó con leve retraso, más que justificable si se tiene en cuenta que requirió organizar dieciséis presentaciones de otros tantos intérpretes, con orgánicos diversos. La música – y, algo nada menor, la logística – se desencadenó con total fluidez, merced a la estricta organización de los participantes liderados por Alejandro Barbot, y al fortísimo compromiso del equipo del eMe (Estudio de Música Electroacústica de la Escuela Universitaria de Música) integrado por Juan Martín López y Guzmán Calzada, que se involucraron con la realización del concierto al nivel de un artista más y potenciaron sus resultados a través de un excelente desempeño profesional y personal.3

Las canciones se sucedieron sin pausa a lo largo de casi dos horas de recital que transcurrieron volando, ante una audiencia entusiasta que prácticamente llenó el teatro, y acogió con alegría las muy distintas propuestas que llegaban de la mano de los compositores.  El recital se inició con una canción en tono de humor compuesta e interpretada por un servidor, que recuerda a Leo Maslíah o Mariana Ingold. Su título, Qué porquería, nos exime de mayores comentarios y revela en parte la dosis de módica expectativa que debiera asignársele.

En el medio, hubo espacio para sonoridades pop y canciones de amor, como Esto que ves es lo que hay, de y por Karen Lewy (Arquitectura), cuya voz calza justo para el que tal vez fue el estribillo de la noche; o la alegría desatada de Carolina García (Psicología) con su canción Infierno liberador; o la bellísima Como vos de Joel Armand Pilón (Humanidades), cuyo breve texto descansa sobre una deliciosa progresión armónica y un piano con reminiscencias de Freddie Mercury; o la entrega de Pablo Freijanes (Arquitectura) con melodía y coros empujando desde los agudos a partir de un riff profundamente beatlesco en Nueva partida.

Otros se afincaron en cierto clima existencial, como Carolina Gazzaneo, suspendida sobre un hipnótico piano en su canción Salir el sol, o poniéndole voz y, una vez más, un despojadísimo piano a la canción Mi yo libertario de Victoria Areosa (Psicología), que encadena inteligentemente versos e imágenes con palabras “bisagra”.

Comida de ácaros, de Gastón Pérez (Ciencias Sociales) caminó entre el rap y un funk à la Charly, combinando las voces gravísimas de Bruno Baldenegro y del notable cantante Rodrigo Odriozola, con el delicado fraseo de Noelia Santana, otra de las grandes sorpresas de la noche, mientras su autor genera sonoridades sorprendentes desde la guitarra eléctrica (con la que acompañó a la mayoría de sus compañeros). Entre unos y otros, Hernán Mengod (Arquitectura) con los coros de las Carolinas (García y Gazzanneo), descargó toda su potencia en una energética canción folk con aires drexlerianos, 21 gramos.

En otra línea, Guillermina Larralde (Psicología) se detuvo en imágenes arquetípicas del folclore afromontevideano con su Candombe del adoquín, en tanto Felipe Lamolle y Rodrigo Odriozola exploraron géneros devenidos de la tradición rural, el primero con El hospedaje, el segundo con La zamba del niño bueno que todos creían que era malo. Ambos se presentaron solos con su guitarra, en dos propuestas bien distintas: el muy breve rasguido doble de aire politonal y polimodal de Lamolle, y la zamba de Odriozola trabajada en la guitarra desde lo percusivo (en la caja y en las cuerdas) y con un fuerte componente de inestabilidad rítmica.

Las influencias del rock gitano (que a su vez integra jazz, funk y punk con elementos de la tradición gitana) aparecieron en Alguien en el tiempo se esfumó de Bruno Baldenegro (Ciencias de la Comunicación) y el paisaje prostibulario de Nicolás Acosta (Psicología) en Cuarto de mata. Otros paisajes aparecieron en Neptunia, de y por Noelia Santana, que desplegó toda la paleta de su hermosa voz en un registro con cierto aire indie, enfatizados en los coros de Pablo Freijanes y Guillermina Larralde.

No es casual que los nombres se repitan: las “bandas soporte” de cada compositor eran, en realidad, variaciones de una misma agrupación, integrada por los distintos compañeros que iban cambiando de rol sobre el escenario según lo requirieran las necesidades de cada canción. Mención aparte para Alejandro Barbot, que apoyó desde el piano, la guitarra, los coros y (sobre todo) el bajo, y muy especialmente para Elvis Marrero, participante de nombre evocativo que participó de muchísimas canciones con solidez y swing, desde el cajón o la batería.

El final, como el inicio, llegó en clave de humor, con el relato de las vicisitudes de un viaje en ómnibus en la festiva canción Bondi banal de Raúl Jaimés (Humanidades). A diferencia de lo que sucedió en la apertura del concierto, el cierre fue multitudinario, uniendo en un solo gesto las voces y el entusiasmo de los participantes, e instalando definitivamente el clima de franca alegría que campeó durante todo el recital. Acaso allí estuvo el punto común entre tantas propuestas: la música entendida como celebración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotos: Agustín Fagetti Metho


[1] Verso de la canción Qué porquería, del autor de este artículo, con la que se abrió el concierto.

[2] Música, Arquitectura, Psicología, Ciencias Sociales, Humanidades, Ciencias, Bellas Artes y Ciencias de la Comunicación.

[3] La ocasión es oportuna para confirmar que no se trata de una actitud aislada sino que representa fielmente el espíritu del equipo técnico, cuyo altísimo nivel de colaboración y compromiso ya experimentara en la realización del concierto siga el baile!, junto a un grupo de compañeros estudiantes de Composición, el que se realizó con el apoyo irrestricto del eMe a través de la participación destacadísima de Martín Rocamora y Juan Martín López.

Image: