La lucha de la música por su supervivencia, por Andrés Bedó - Escuela Universitaria de Música

 

 

 

Andrés Bedó (Montevideo, 1959). Pianista y compositor. Ha participado en conciertos, giras y grabaciones en calidad de productor, arreglador, intérprete o director, tanto en Uruguay como durante su residencia en España, junto a El Sabalero, Galemire, Mateo, Rubén Olivera, Rumbo, Dino, Alberto Wolf y Los Terapeutas, El Cuarteto de Nos, Ketama, Aurora, Tomatito, entre muchos otros. Radicado nuevamente en Uruguay obtiene el Premio Graffiti al Mejor Disco de Jazz/Fusión por "Borderlaininjazz", que graba en trío con Osvaldo Fattoruso y Roberto De Bellis, para el sello Perro Andaluz.

 

 

 

 

 

El siguiente texto es un fragmento de un capítulo de un libro inédito. En ese capítulo vuelco algunas opiniones quizás fácilmente rebatibles pero divertidas sobre el destino de la música y de los músicos. Creo que es un texto esencialmente optimista, ya que describe una forma de acceso a la Consciencia en el seno de una crisis: la crisis del vacío-lleno actual.

 

El mensaje

 

Del Paraíso de poder enterarse…

 

Se podría decir esquemáticamente que el conocimiento de culturas lejanas siempre tendió a ser una consecuencia indirecta de los desplazamientos para comerciar y de los movimientos de expansión (conquistar, colonizar, poblar, trata de esclavos).

Con la llamada Revolución Industrial se  modernizan  los mecanismos de explotación de la riqueza pero también los de explotación del Hombre por el Hombre. Se cierra el ciclo del movimiento migratorio involuntario por la trata de esclavos y se inaugura el provocado por la desmesura de las máquinas-industriales-productoras-de-miseria-persecuciones-y-guerras. Más que nunca se extrema la estrecha convivencia de culturas lejanas entre sí, unidas sólo por su pobreza y en el seno de una cultura también lejana que los acoge. Incluso aun aferrados afectivamente a su lejana madre tierra, algunos integrantes de esas diferentes culturas descubren que sus costumbres, deseos, tradiciones, tienen una imagen en parte especular y en parte complementaria en el Otro. Dicho de otra manera, reconocen en el movimiento del encuentro la clave de una mayor consciencia hacia valores humanos trascendentes.

Esos valores son los que propician la conexión del Hombre con lo Real, o la Verdad, a través de su Alma o Espíritu. Mi movimiento afectivo hacia el Otro me sorprende siendo hacia su Alma y mi movimiento hacia su Alma me presenta mi Alma. Ésta aparece sólo así, no a través del conocimiento racional, sino a través de la transformación en movimiento (un “Ir”) de su energía potencial.

 

Siendo el Arte el portavoz del Alma, es a través de él y su desgaste que la cansada y castigada Europa, tal como pasaría más tarde con EEUU, “visualizaría” sus limitaciones y sus contradicciones. Compelida a la búsqueda de nuevas respuestas, descubriría que, además del oro y la fuerza de trabajo, otras culturas le ofrecían un tesoro mayor: la renovación no sólo de materiales, sino también de procedimientos y valores en el Arte. La apertura a otras culturas llega como una  medicina contra la empobrecedora  autosuficiencia.

Es así que el siglo XX se caracterizó por movimientos del mundo rico para acceder al rico Arte del mundo pobre, movimientos del rico mundo pobre para acceder al status del mundo rico, y movimientos horizontales en el rico mundo pobre siempre oscilando entre temer al Otro y reconocerse en él. Un mestizaje lleno de matices, muchas veces a pesar de los mestizos.

Paulatinamente el acercamiento se genera en todos los sentidos. Aun siendo detonado por un afán de renovación de materiales desgastados para unos o de elevar el status para otros, este acercamiento revela su capacidad de completar o potenciar la belleza del mundo que se descubre Uno en su maravillosa diversidad. Se va creando el Arte del siglo-de-los-múltiples-encuentros.

           

A través de los materiales[1] podíamos (los consumidores, hacedores de música, o los musicólogos) reconocer signos de arraigo o pertenencia a una cultura, y categorizar las músicas que oíamos in situ o en vinilo. Esos signos de arraigo constituyeron en el Arte-y en la música en particular-símbolos de la inaccesible pureza originaria, de la honestidad del hombre próximo a sus raíces y a valores esenciales: la Verdad perdida.

Ese era el Paraíso-de-poder-enterarse en el que vivíamos hasta hace unos cuarenta años: el descubrimiento de las músicas de todo el mundo, y había tenido un antes y un después: la aparición de los primitivos sistemas de grabación y, más caprichosamente, el año 1900.

En1900 Debussy, un claro representante de la búsqueda de renovación en la música europea, descubre que no tiene que ser un semi-aventurero para enterarse de qué música se hace en Bali,  le basta con ir a visitar la Exposición Universal de París. La vieja Europa festejaba la entrada del mundo en un nuevo siglo, llevando el mundo a casa.

John Coltrane, apenas 60 años más tarde, quizás sólo tuvo que desplazarse en su ciudad o comprar un disco de vinilo para saber qué música se hacía en la India.

Hasta allí se podría hablar del esplendoroso mundo de la apertura de Occidente hacia lo lejano en el tiempo y el espacio. Esa apertura pronto llegaría a su cima con el vehículo masivo que podríamos resumir en la palabra “Beat” y en la carátula del disco Sargent Pepper; en ella se insinúa una culminación de la apertura perceptiva a todo y a todos (confirmada por la grabación),  pero también sugiere la mezcla caótica, la perversión de esa misma apertura.

 

 

 …al Infierno de no poder no-enterarse

 

Cien años más tarde, ya expulsados del Paraíso, en este Infierno hiper-inter-conectado, en el que triunfó la comunicación y ya no sabemos qué comunicar, tenemos que ser aventureros e irnos mucho más allá de Bali o la India para poder NO-enterarnos de qué se hace en todas partes. Casi todos somos como un turista inconscientemente angustiado, percibiendo que la mayor parte de las cosas que va a fotografiar, en el fondo, ya no están. Está todo y no hay nada. El Hombre intuía un reconocer su Alma en el Otro tan lejano y tan próximo, y en menos de 100 años ese puente se derrumbó. ¿Por qué? ¿Por exceso de tráfico? ¿Por qué el Paraíso del reconocerse se satura de información y se enturbia? ¿Por qué se produce la ocultación del objeto a través de la saturación en el sujeto?

El Hombre concibió a Dios a su imagen y semejanza. Y Dios castigó su soberbia privándolo del Ser. El Hombre, en su “angustia de No-ser”, queda condenado a “humanificar” su visión del mundo y de sus propias creaciones. A su vez aumenta su frustración creando una imagen, alcanzable sólo en la muerte, del Hombre en armonía con el Dios que él mismo creó. La soledad, disfrazada de soberbia antropocéntrica, culmina con la transferencia paranoide del poder de Dios y sus portavoces, el Papa y el caudillo, al dinero y al poder de quien lo posee.

Cuando no estamos ocupados en destruir al “enemigo” -humanificado en el Otro- podemos reconocer un movimiento autodestructivo integrado al Hombre. La misma incertidumbre por nuestro destino autodestructivo nos lleva a sentir la intuición de una fuerza sutil (alegorizada por el Arte) que empuja a la unidad-en-el-Ser, a la posible completitud del Hombre. El Ser quiere Ser.

Esta presencia paradójica del Bien en el seno del Mal hace pensar en la culpa.

El Dios cansado y vengativo de Occidente castiga esta vez al panteísmo en lugar de la adoración de ídolos. No soporta falsos dioses pero tampoco soporta al Hombre que ve a Dios en todas las cosas. Y, para colmo, premia con el lenguaje común a todas las culturas, que es el dinero, a los constructores de la Torre de Babel.

En resumen, estamos frente al Bien y el Mal entreverados en un moderno Apocalipsis. La intuición del Ser a través del encuentro con el Otro  es engendrada por el salir de la expansión, la hiper-industrialización e hiper-explotación del Hombre por el Hombre que, ofendido con Dios, encuentra fórmulas cada vez más perfectas de obtener energía.

Alimenta así al monstruo que crece y necesita más, y necesita más porque crece, y crece porque se alimenta.

 

En esa empresa “cerrada” y vanidosamente espiralada hacia el Cielo, ajena a la medida del propio Hombre, queda enterrado lo más esencial de la Verdad. Ésta se abre camino -a través del Arte- mostrándonos que está oculta en nosotros mismos que somos, a la vez, el Otro. Por eso hablo de un Apocalipsis (Apo: quitar, Kalyptein: cobertor, oculto)  moderno; porque, en mi opinión, el Apocalipsis no es la profecía de lo que ocurrirá por un efecto acumulativo de culpas, como sugiere el Juan de la Biblia, sino más bien la revelación de un estado de cosas que transcurre a modo de una realidad paralela del estilo que sugiere el (Don) Juan de Castaneda.

Con la misma avidez que mostramos hacia todo pretendemos “comprar al Ser”. Descubrimos que los signos de arraigo son, en el Arte, signos de pureza; que lo que proviene de culturas respetuosas de la medida humana denota un acceso más fresco y directo a la Verdad. Pero, en medio de este caos, ¿cómo consigo esa pureza animada? ¿Cómo accedo a la música con Alma en medio de este ruido que se multiplica y diversifica? Para eso, en las sociedades complejas, la solución fueron los intermediarios: empresas que plasman y distribuyen la música.

Atendiendo a la necesidad de elegir qué se plasma y se distribuye surgen figuras simbolizadas en un personaje: el productor.

 

En el principio fue la necesidad. Y la necesidad creó el objeto de consumo. El objeto de  consumo creó la oferta. La oferta creó el producto. El producto creó al productor. Éste, para garantizar su supervivencia, creó el producto,  la oferta, el objeto de consumo y la necesidad misma. Es decir, otro monstruo que existe porque se alimenta y se alimenta porque existe.

Para que en esta rueda el eslabón “Hombre” (el sujeto que consume) no moleste, se desarrolla toda una industria destinada a manipularlo. En este Infierno atiborrado de productos, el sujeto ya no sabe si es ése que busca un objeto desde la necesidad, o si es la necesidad misma en busca de objeto.

Estamos apresados en un organismo sado-masoquista, ambicioso, temeroso y agresivo. No importa si tenemos un papel más activo o más pasivo, lo importante es penalizar a la disidencia con la marginación o la represión. A eso le llamamos “El Sistema” y funciona como una persona.

El Sistema descubre que, a medida que la insatisfacción del Hombre aumenta, el Alma cotiza al alza. Pero ¿cómo pueden hacer del Alma un producto? No pueden… Pero pueden comercializar lo que posee Alma y, como observaron la apariencia de los objetos que la poseen, pueden crear un producto casi idéntico, muy difícil de diferenciar. Un Alma virtual.

La angustia frente al Apocalipsis profetizado es una deformación de la angustia frente al cotidiano que tiene que ver con esa Alma virtual que, cuanto más se asemeja a la real, más vacío conlleva.

 

El productor de objetos artísticos busca ofrecer o bien el producto más puro, si lo tiene bien a la mano, o bien un objeto al que le otorga la cualificación de puro, o bien una hibridación que insinúe la potenciación de la pureza. Mercantiliza el acercamiento al Otro. Inventa un mundo de arraigos y rasgos puros, e inventa un mundo de encuentros de culturas. Su aliado es a veces el propio músico que le da modelos de una música que huye del vacío por el camino de la repetición de lo que un día fue, o que desconoce todo aquello que no sea su bienestar inmediato. Quizás una de las enseñanzas más claras del siglo XX es mostrar la complejidad de los roles en el hacer del mundo lo que es. Todos los “malos de la película” dejan de ser señores concretos, aunque muchas veces lo sean circunstancialmente, para ser fuerzas que emanan de la contradicción.

La carátula de Sargent Pepper se desbordó, explotó de tan atiborrada. Su contenido entreverado se esparció y ya no reconocemos a nadie. La cambalachización moral de Discépolo evolucionó y ya no sólo conviven los objetos todos mezclados, sino que además se han mimetizado: unos adoptaron la apariencia de otros. Algunos de los que vemos ni siquiera están. Es el triunfo de la apariencia.

 

 

“Desproductizar” el arte

 

La maravillosa labor del artista actual es “desproductizar” el Arte. Ponerse de espaldas al Arte como objeto-producto y restituirle cierto valor de relación y de intercambio dinámico. Para eso debe reconocerse inmerso en un círculo en el que ya no importan los protagonistas. Como el gag en el que –en la persecución– el perseguido termina corriendo detrás del perseguidor e incluso termina por apartarse y contemplarlo corriendo en círculo. Es decir, lo que importa es “salirse” del círculo, del Sistema.

Para  hacerlo lo primero es reconocerse esclavo de una mente que concibe, que “funciona sola”, e ir a contramano de algunas de sus concepciones. La mente humana tiene cada vez más capacidad de concebir C en presencia de A y B. Se trata de reconocer que no por el hecho de concebir un elemento que se presenta como positivo “evolutivamente” tengo que ser su servidor.

Si el Arte tiene un carácter profético, entonces el artista debería  anunciarle al científico que no es un paso “evolutivo” sacrificar lo humano. Se trata de decirse: “Concibo un paso más en la dialéctica de la evolución tecnológica, en la supuesta evolución del Hombre, pero tengo la autonomía de analizar si ese paso tiene Alma o destruye el Alma”. Los caminos de la música para sobrevivir nos señalan lo que sería parar-el-mundo: involucionar en un aspecto para evolucionar en otro.

La máquina de (auto) destrucción está en manos de personas. El Arte propone trascender la identificación del Hombre con el Hombre repitiéndose, y le da la chance de identificarse con fuerzas más constructivas y trascendentes. La manoseada frase de los indígenas americanos –“los caminos con corazón”­– es más que una bella frase. Debería estudiarse a fondo en los colegios, no a través de respuestas sino de preguntas, hasta que el Hombre pueda aplicarla en la valoración de las concepciones de su mente. ¿Hay Alma (“corazón”) en ellas?

 

Si miramos la música desde un ángulo “Beat” vemos a los futuros constructores de la sociedad, en el seno de las culturas más industrializadas, rebelándose contra el sacrificio del Hombre en pro de su –supuesta–evolución, recuperando el trance que reúne lo separado, fundando la huida masiva hacia una relación directa con la tierra y sus frutos… en resumen,  rebelándose contra el mismo Cambalache evolucionado que los empezó a engullir apenas nacidos y los terminó de engullir diez años más tarde (según las malas lenguas introduciendo las drogas duras).

Si nos desplazamos un poco y miramos desde otro ángulo, nos encontramos más o menos simultáneamente con el Free Jazz. Su aparición fue justificada según la ideología de quién lo teorizara: algunos lo consideraron un derivado del encuentro entre el Jazz y la Música Contemporánea, otros vieron la explosión y el grito de libertad del esclavo negro, otros se centraron en ver un vehículo hacia el trance y la experiencia mística. Todas estas teorías son válidas, pero puede haber algo para agregar y es que, contemporáneamente al Beat, hay en el Free Jazz un afán de desandar la evolución, un empecinamiento en no-enterarse-de-cómo-hay-que-tocar.  No se trata de retroceder; se trata  de desandar como opción de evolución, de ir hacia adelante con una intuición de libertad trascendente.

Tal como dijo enigmáticamente Sócrates, el Alma tiene el poder de adivinar. Una vez más la música, mensajera del Alma, sugiere introducir dudas en lo firmemente establecido y se adelanta a lo que tendría que ser el pensamiento constructor de una sociedad futura: propone la libertad de desandar caminos, no retrocediendo, simplemente “parar el mundo”.

El artista no es “bueno” ni está en un mundo de “buenos” y “malos”  pero sí tiene la obligación de conectar con el Alma. Esa labor es la toma de consciencia de que, más que nunca, en el nuevo mundo de las apariencias, de mercantilización del Alma, hay que investigar y encontrar algo más allá de los materiales: el mensaje.

 

 

El Tesoro es el Mensaje

 

La palabra “mensaje” en conjunción con lo musical se utilizó mucho para designar un “detrás” de contenido ético, casi siempre en una canción y más precisamente en su letra. La idea de mensaje que quiero introducir sólo tiene en común con esa acepción su cualidad de sintético.

El mensaje es mensajero de la Verdad a través de diferentes vehículos que burlan el mundo de las apariencias. Un ejemplo del mensaje al que me refiero-de los más importantes-es la sonrisa. Por supuesto, también el llanto. No es casual que podamos sonreír o llorar frente al arte; eso es lo que representan las dos máscaras que simbolizaron el teatro griego dejando claro que somos inducidos involuntariamente por el Arte a vivir una Verdad.

El mensaje de un artista es su tesoro y su tesoro no es más que  la  realización (hacer real) propia del tesoro recibido de otros. Cada individuo está conformado por lo creado por otros individuos. Su tesoro personal se nutre de todos los tesoros hacia los que su sensibilidad se abrió. Es un tesoro colectivo que invita a ser visto casi como independiente del artista. Es en el ir a los tesoros de los demás que uno encuentra el suyo.

El artista está así ante un diálogo entre  individualidad y comunidad. Él se preparó. Accede a lo Real, expresa lo Real, sin embargo, no es dueño de lo Real, por eso puede tener mayor o menor conciencia de su mensaje, pero  es incapaz de enunciarlo perfectamente, sin recurrir a vagas metáforas.

 

Pongamos por ejemplo a  Mozart. Él compuso variada música instrumental y vocal. Toda su música gira en torno a un eje: un mensaje trascendente y atemporal. En ese movimiento giratorio su música anuncia, sugiere el mensaje, lo ronda. No sabemos qué grado de conciencia tenía él de la coherencia y unidad de su mensaje y, sin embargo, toda su música realiza un movimiento giratorio en torno a él, a tal punto que su obra ES él. Ese mensaje es finalmente la causa de la supervivencia de su música ya que su gesto, trascendente y atemporal, tiene Alma.

Estando muy compenetrado con la música de Bob Marley tuve una visión de él tocando con su grupo y levitando a unos centímetros del suelo. Estaba intrigado sobre su propia consciencia del mensaje de su música, que a mí me llegaba con especial ardor y coherencia, hasta que un día, leyendo una entrevista “me” lo dijo con todas las palabras: era completamente consciente de él. No podía ser casual, cada elemento de su música tenía coherencia con su Verdad alimentada de la Verdad de otros a los que su Alma se abrió.

Cuánto más conciencia tiene un artista de su mensaje, mejor lo vehiculiza. Es lo que cotidianamente expresamos como “sabe lo que quiere”, y lo único que puede hacer para rastrear su propio mensaje es observarse.

 

 

Rastreando el mensaje en uno mismo

 

La música quiere llegar a una trascendencia de las diferentes formas, categorías y vestiduras. Ese trascenderlas no es negarlas ni considerarlas un simple vehículo desechable. Por el contrario, es abarcarlas y entretejerlas al mensaje.

 

¿Cómo se puede trascender las formas para llegar a un mensaje que es en sí mismo esas formas? Esa aparente contradicción apunta a que las formas no envuelven lo trascendente, sino que están construidas de lo trascendente. O, dicho de otra manera, recibiendo el mensaje vehiculizado en la forma, accedemos a él. Si soy músico y utilizo una forma, unos procedimientos, unos sonidos –los materiales–  próximos a otros preexistentes porque me son valiosos para llegar a “un lugar” estético en el que mi mensaje se manifiesta, estoy realizando el hecho de que mi mensaje se puede vehiculizar aliado a esa forma. En  otro caso mi mensaje necesitará ordenar los materiales en una forma nueva. Será esa forma nueva.

Esa forma nueva puede obedecer a la búsqueda de la purificación del mensaje que, con reminiscencias platónicas, apunta a la búsqueda de lo puro Real libre de formas.

 

Toda actividad artística tiende a dirigirse a una fuente de energía madre que es, además, su origen. La belleza artística depende de que esa búsqueda no tenga éxito ya que sería pasar a Ser-Arte en lugar de hacerlo. A diferencia de Buda que rechaza esa posibilidad por un deseo de entrega, el artista que se transforma en Arte ya no puede transmitir a través de la transformación, su mensaje. Quizás exageró la concepción de Arte como refugio, quizás su ansia de purificación no tuvo límites. Su traición es penalizada con el aislamiento, la locura, o cualquier otra forma de la muerte. Tal como podemos confundir la añoranza de un lugar con la de un tiempo que transcurrió en ese lugar, podemos confundir la plenitud en la percepción de un objeto con la plenitud del objeto en sí. Sea como sea, esa confusión en la que creemos purificar los medios para llegar al objeto es la que genera Arte. La premonición de ese objeto, su visión, el sueño, hace que lo puro Real –manifestándose a través del Arte– se nos niegue pero que nos acepte como mensajeros. Las realizaciones artísticas nos permiten visualizarnos a través de su mensaje mientras que el Arte busca mantenerse en el misterio. El artista siempre es en tanto sabe que no sabe quién es hasta reconocerse en el mensaje de Otro. Otro… incluido él.

 

 

[1] En este caso, incluyo en el término “materiales” no sólo los objetos-la materia prima-sino también todos los procedimientos y elaboraciones desde éstos. En el caso de la música: elección de sonidos y ordenaciones en el tiempo (las notas), procedimientos de combinación,  estructuras generadas y formas de los hechos musicales,  comportamientos o interacciones entre músicos, instrumentos, instrumentación y maneras de usar el instrumento…

 

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